La semana pasada fui al cine. No voy mucho últimamente ya sea por dinero
o por organización del día. La semana pasada el cine olía a muerte. Olía como otros locales que he pisado poco antes de su
desaparición. Las plantas, las paredes, las luces y las butacas, todo estaba
muerto. Bastante gente para ser un lunes. Daba igual, olía a muerte.
La pantalla estaba sucia y una luz de emergencia se veía en
algunas escenas, detrás de la proyección. Los techos altos, los ladrillos… todo
olía igual.
Fui
al baño dos veces, y el silencio y la sensación eran muy familiares. No importa
que haya máquinas para comprar las entradas por Internet o por teléfono, o que
ofrezcan reposiciones a solo cuatro euros. Parece que la gente ha abandonado
los cines. Al otro lado de la glorieta un montón de personas iban y venían por
las tiendas de saldos. Entre ellas, otros dos cines cerrados tiempo ha. Esto
también está muriendo. Comprar bienes a un precio bajo (unos zapatos a seis
euros o un vestido a tres), teniendo en cuenta que son las ruinas de una
sociedad.
Luego,
al bajar a casa, una frutería tenía un cartel en el que ofrecían cortar la piña
y la verdura para la sopa. Ellos también intentan no morir. Pero la competencia
es muy dura.
Todo huele bastante a muerte. Incluso en verano.
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