lunes, 15 de julio de 2013

La semana pasada fui al cine.


La semana pasada fui al cine.  No voy mucho últimamente ya sea por dinero o por organización del día.  La semana pasada el cine olía a muerte. Olía como otros locales que he pisado poco antes de su desaparición. Las plantas, las paredes, las luces y las butacas, todo estaba muerto. Bastante gente para ser un lunes. Daba igual, olía a muerte.
La pantalla estaba sucia y una luz de emergencia se veía en algunas escenas, detrás de la proyección. Los techos altos, los ladrillos… todo olía igual.
            Fui al baño dos veces, y el silencio y la sensación eran muy familiares. No importa que haya máquinas para comprar las entradas por Internet o por teléfono, o que ofrezcan reposiciones a solo cuatro euros. Parece que la gente ha abandonado los cines. Al otro lado de la glorieta un montón de personas iban y venían por las tiendas de saldos. Entre ellas, otros dos cines cerrados tiempo ha. Esto también está muriendo. Comprar bienes a un precio bajo (unos zapatos a seis euros o un vestido a tres), teniendo en cuenta que son las ruinas de una sociedad.
            Luego, al bajar a casa, una frutería tenía un cartel en el que ofrecían cortar la piña y la verdura para la sopa. Ellos también intentan no morir. Pero la competencia es muy dura.
Todo huele bastante a muerte. Incluso en verano. 

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